¿Qué vemos más allá de nuestros ojos?: Una aproximación a Vaca Muerta desde el territorio, el extractivismo y las formas en que aprendemos a mirar
Por Fiorella Ricagno1
Esta nota nace de un recorrido realizado por distintos puntos de la cuenca neuquina, con el propósito de aproximarnos a los territorios donde la expansión de Vaca Muerta se hace visible y de observar, desde el lugar, los múltiples impactos asociados al desarrollo de la actividad hidrocarburífera. Ante todo, es una crónica situada, un intento de reconstruir lo que aparece cuando una se acerca al territorio y de poner en diálogo aquello que se ve, aquello que se escucha y aquello que permanece menos visible con los procesos políticos, económicos y jurídicos que hacen posible la expansión hidrocarburífera.
Te mencionamos tres ideas principales sobre la nota:
- Vaca Muerta no termina en los pozos: un recorrido por la Cuenca Neuquina permite entender que Vaca Muerta es mucho más que una formación geológica: es una extensa red de pozos, agua, caminos, arenas, gasoductos, oleoductos, residuos e infraestructura que conecta territorios y transforma las formas de habitar y producir.
- El territorio no está vacío: detrás de la idea de “desierto” aparecen ríos, lagos, chacras, áreas protegidas, comunidades mapuches, sistemas productivos, memorias y otras formas de relación con el territorio. La expansión extractiva se encuentra así con territorios que ya tienen historia, usos y sentidos que entran en tensión con una lógica que se presenta imperante y casi inevitable para la “soberanía energética, el desarrollo y el progreso”.
- La fractura también puede estar en nuestra mirada: el recorrido deja asomar una pregunta que atraviesa todo el territorio: ¿qué vemos, y qué queda fuera de la mirada, cuando hablamos de desarrollo, empleo, inversión y exportaciones?. En un contexto de crisis climática, mirar Vaca Muerta implica también preguntarse qué agua, territorios, economías y formas de vida quedan fuera de esas cuentas, y qué futuro se construye cuando una lógica extractiva organiza el territorio.

Fuente: Martín Álvarez Mullally.
Para comenzar a hablar de Vaca Muerta, primero, debemos detenernos en YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales). La reestatización parcial de 2012, que mantuvo a la empresa como Sociedad Anónima con mayoría accionaria estatal, estuvo acompañada por un “giro productivista” que reorientó su estrategia hacia la reinversión de utilidades y el aumento de la producción, con un fuerte énfasis en los hidrocarburos no convencionales (Cantamutto 2025, 9).
Vaca Muerta pasó así a ocupar un lugar central en la estrategia energética nacional. Este nuevo rumbo implicó que YPF asumiera un papel activo en la promoción del sector, articulando proveedores, incorporando actividades de procesamiento, impulsando desarrollos tecnológicos a través de Y-TEC y ampliando su participación en el sector de energías renovables mediante YPF Luz. Al mismo tiempo, el desarrollo de los no convencionales abrió paso a la incorporación de grandes capitales transnacionales mediante acuerdos de inversión que ofrecieron condiciones favorables para las empresas participantes. El acuerdo firmado entre YPF y Chevron en julio de 2013 marcó un punto de inflexión en la expansión de Vaca Muerta y en la configuración de este nuevo esquema de negocios. Más que una asociación orientada únicamente a aportar capital y conocimiento técnico, el acuerdo puso en evidencia las condiciones jurídicas y políticas que el Estado estaba dispuesto a construir para atraer y garantizar esas inversiones, aun cuando ello implica limitar mecanismos de transparencia, de control público y sin incorporar salvaguardas socioambientales equivalentes para los territorios involucrados.
El desembarco de Chevron estuvo atravesado, además, por una trama que permite observar las tensiones entre Estado, mercado y territorio. En 2011, la justicia ecuatoriana había condenado a la empresa a pagar 9.500 millones de dólares por los daños socioambientales ocasionados en la Amazonía por Texaco, adquirida por Chevron en 2001. Al año siguiente, a pedido del Estado ecuatoriano, la justicia argentina había dispuesto el embargo de bienes y utilidades de Chevron en el país. Sin embargo, en 2013, mientras avanzaban las negociaciones para su ingreso a Vaca Muerta, la justicia argentina dejó sin efecto esa medida al considerar jurídicamente independientes a Chevron Argentina y Chevron Corporation. Ese mismo año, YPF concretó con Chevron un acuerdo de inversión cuyo contenido permaneció reservado durante años y cuya aprobación estuvo acompañada por fuertes movilizaciones sociales en Neuquén (Cantamutto 2025, 10-11; OPSUR 2013).
Este punto de inflexión permite observar algo que será recurrente en la historia de Vaca Muerta. La expansión de la frontera hidrocarburífera no depende solamente de la existencia de un recurso en el subsuelo. Requiere decisiones políticas, marcos jurídicos, infraestructura, capitales y condiciones específicas que hagan posible y rentable su explotación. La formación geológica se convierte así en un proyecto territorial mucho más amplio, en el que intervienen actores estatales y privados, nacionales y extranjeros.
Esta dimensión resulta particularmente relevante para comprender la configuración actual del megaproyecto Vaca Muerta. Si bien YPF ocupa hoy un lugar central y constituye, para buena parte de la sociedad, la cara más visible del desarrollo hidrocarburífero, la explotación de los yacimientos involucra a un entramado mucho más amplio de empresas. Dentro de ese entramado participan compañías de capital nacional y extranjero, algunas de ellas con extensas trayectorias en actividades extractivas y con antecedentes que han sido objeto de cuestionamientos por sus impactos sociales, ambientales o por sus prácticas empresariales. La distinción entre capital “nacional” y “extranjero” resulta necesaria, pero insuficiente para comprender estas dinámicas. Al identificar a las empresas según su nacionalidad, corremos el riesgo de “nacionalizar” mercados y actores que, en la práctica, participan de circuitos de inversión y estrategias empresariales de carácter transnacional. Empresas nacionales y extranjeras pueden operar, así, bajo una misma lógica de expansión extractiva y valorización del capital. Esto también obliga a matizar la idea de una relación de oposición entre Estado y mercado: lejos de ser ámbitos necesariamente contrapuestos, el Estado ocupa un papel central en la creación de las condiciones jurídicas, económicas y materiales que permiten y garantizan la acumulación del capital basado en actividades extractivas.
Desde 2013, la explotación mediante fracking fue adquiriendo una escala creciente y, a partir de 2019, el aumento sostenido de la producción alimentó expectativas vinculadas al abastecimiento energético, la generación de divisas y, cada vez con mayor fuerza, la ampliación de las exportaciones. La expansión productiva fue acompañada por nuevas obras de infraestructura -gasoductos, oleoductos, plantas y vías de transporte- destinadas a conectar los yacimientos con distintos puntos del país y, progresivamente, con los mercados internacionales.
Esta trayectoria también estuvo acompañada por distintas transformaciones en el régimen jurídico y en las políticas hidrocarburíferas. A lo largo de los distintos gobiernos, con orientaciones políticas y económicas diversas, la relación entre Estado y mercado osciló entre mayores y menores niveles de regulación, distintas políticas de precios y diferentes grados de apropiación y redistribución de la renta hidrocarburífera. Sin embargo, estas diferencias no necesariamente implicaron un cuestionamiento de fondo al modelo extractivo ni a sus impactos territoriales. La discusión tendió a concentrarse en cuánto producir, cómo atraer inversiones, cómo distribuir la renta o cómo alcanzar el autoabastecimiento, mientras quedaban menos problematizadas otras preguntas: qué territorios y poblaciones sostienen materialmente esa expansión, quiénes acceden a sus beneficios y quiénes cargan con sus costos. La reciente modificación del régimen de hidrocarburos mediante la Ley Bases (Ley 27.742/2024) profundizó, en este sentido, una orientación hacia la desregulación y liberalización del sector, otorgando un lugar creciente a las dinámicas de mercado en la determinación de precios y en la orientación de la actividad (Carabajales 2025, 325).
Pero incluso antes de este giro reciente, la expansión hidrocarburífera convivía con una paradoja difícil de ignorar: mientras el gas y el petróleo extraídos de estos territorios son presentados como recursos estratégicos para abastecer al país y generar divisas, persisten poblaciones cercanas a las zonas de extracción que no cuentan con acceso a gas de red o que enfrentan condiciones energéticas precarias. La cuestión, entonces, no se reduce a cuánto produce Vaca Muerta, sino también a para quién se produce, bajo qué condiciones y que formas de vida reproduce.
En un contexto marcado por múltiples crisis -política, climática, social, económica y civilizatoria-, Vaca Muerta atraviesa un nuevo ciclo de expansión. El relanzamiento de la actividad hidrocarburífera ya no se construye solamente alrededor del imaginario de la soberanía energética y el autoabastecimiento, sino cada vez más alrededor de la exportación y de la inserción de Argentina como proveedor de hidrocarburos en los mercados internacionales. El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), que incorporó a los hidrocarburos entre los sectores alcanzados por sus beneficios en el Decreto 105/2026, forma parte de este nuevo escenario de promoción de grandes capitales e inversiones de largo plazo.
Vaca Muerta puede leerse, así, como una expresión contemporánea de esa larga historia extractiva, pero también como un territorio en el que esas transformaciones se vuelven visibles. Porque la expansión de la frontera hidrocarburífera no modifica solamente las formas de producir y de circular mercancías: también transforma los territorios, las relaciones que se establecen con ellos y las maneras en que son representados. En torno a Vaca Muerta se ha construido, de hecho, un repertorio de imágenes y palabras —reservorio, producción, inversiones, desarrollo, exportaciones— que organiza aquello que podemos reconocer cuando pensamos en este territorio.
Llegar a Vaca Muerta es, en cierto modo, llegar a un lugar que ya fue nombrado antes de ser visto. Antes de llegar sabemos que allí está uno de los principales reservorios de hidrocarburos no convencionales del mundo. Sabemos que hay petróleo, gas, pozos, empresas, inversiones, dólares, exportaciones. Sabemos que se habla de soberanía energética, de desarrollo, de empleo. Sabemos también que existe una técnica llamada fracking y que alrededor de ella se construyó una enorme discusión ambiental.
Pero hay algo que empieza a aparecer cuando una recorre el territorio. Vaca Muerta no se parece demasiado a la idea que nos hacemos de Vaca Muerta. Quizás por eso la primera pregunta no debería ser qué es Vaca Muerta, sino:
¿Qué vemos cuando hablamos de Vaca Muerta?
Imagen 1. Cigüeñas en pozos de bombeo.
Fuente: fotografía obtenida en trabajo de campo.
En el camino aparecen cigüeñas, guanacos, camiones, mecheros, carteles con nombres de pozos y números, estructuras metálicas, tuberías que se extienden por kilómetros. También aparecen ríos, lagos, chacras, canales de riego, animales, viviendas, comunidades. Hay un territorio que parece estar en permanente movimiento. Máquinas que llegan, camiones que salen, caminos que se abren, pozos que se perforan, agua que se transporta. La escala del despliegue resulta difícil de dimensionar desde lejos.
Vaca Muerta suele aparecer representada como una formación geológica de unos 30.000 kilómetros cuadrados. Pero esa definición queda rápidamente chica. Como muestran desde el Observatorio Petrolero Sur (OPSur 2024), el megaproyecto excede ampliamente la zona de extracción: involucra infraestructura, transporte, insumos, arenas, gasoductos, oleoductos, tratamiento de residuos y territorios que se encuentran a cientos de kilómetros de los pozos. El entramado alcanza directamente al menos siete provincias: Neuquén, Río Negro, La Pampa, Mendoza, Chubut, Buenos Aires y Entre Ríos. Entonces, Vaca Muerta deja de ser solamente una formación rocosa. Empieza a aparecer como una forma de organizar territorios.
Del subsuelo al territorio
El fracking forma parte de una expansión global hacia hidrocarburos cuya extracción requiere tecnologías cada vez más complejas. Son las llamadas “energías extremas”, es decir, ante el agotamiento de pozos convencionales de hidrocarburos, se pasa a una explotación “no convencional” que implica mayores inversiones, infraestructura, tecnología e impactos socioambientales. Esta técnica consiste en inyectar a presión agua, arena y productos químicos para fracturar las formaciones del subsuelo y liberar los hidrocarburos. Pero esa definición no alcanza para entender lo que ocurre en la superficie. Por ejemplo, un solo pozo de Fortín de Piedra utilizó en diciembre de 2021 alrededor de 108 millones de litros de agua y 14.700 toneladas de arena. Para dimensionar la escala, se puede traducir en aproximadamente 3.865 camiones de agua y 496 de arena, una fila que superaría los 40 kilómetros (OPSUR 2024). Y existen actualmente pozos que utilizan cantidades mayores.
Imagen 2. Entrada al Área Loma La Lata, Añelo, Provincia de Neuquén.
En la izquierda de la foto se visualiza carteles de pie señalando las empresas que operan en esos pozos. En el centro, una imagen constante del recorrido, camiones trasladando equipos de perforación, ingresando al área Loma la Lata, Añelo.
Fuente: fotografía obtenida en trabajo de campo.
La pregunta entonces deja de ser solamente cuánto petróleo o gas hay debajo de la tierra. También es ¿cuánta agua hace falta para sacarlo?
Los pozos horizontales consumen en promedio unos 60 millones de litros de agua y los de mayor longitud pueden superar los 140 millones. Entre 2012 y 2021, el fracking en Vaca Muerta consumió más de 45.000 millones de litros de agua dulce. Parte de esa agua proviene de los ríos Neuquén, Colorado, Limay y Negro, y otra parte de acuíferos subterráneos. En el territorio, esa infraestructura tiene nombres propios: las grandes mangueras que transportan agua hacia los pozos son llamadas por la propia industria “anacondas” (Imagen 3). Se extienden por la estepa, serpenteando al costado de las rutas. En el caso de que no se lleguen con las mismas, se transporta el agua en grandes camiones.
Imagen 3. Mangueras en Área Loma La Lata, Añelo.
Mangueras o “anacondas” utilizadas para trasladar grandes volúmenes de agua a alta presión en Loma la Lata, Añelo.
Fuente: fotografía obtenida en trabajo de campo.
También están los mecheros, o plumas de venteo (Imagen 4), esas llamas que se observan a la distancia y que forman parte de las operaciones de la industria hidrocarburífera. Y están las cigüeñas, las estructuras de bombeo que se multiplican en el paisaje. Cada una de estas palabras parece pertenecer a un vocabulario técnico disfrazado de animales. Después de recorrer el territorio, las “anacondas” y las “cigüeñas” empiezan a revelar otra cosa: una red de pozos, mangueras y estructuras que transforma materialmente el paisaje frente a nuestros ojos.
Imagen 4. Cartel de peligro sobre oleoducto en Loma La Lata, Añelo. Detrás, un mechero encendido.
Fuente: fotografía obtenida en trabajo de campo.
El territorio que aparece como desierto
Hay una palabra que insiste en el recorrido por Añelo: desierto. Un territorio desértico. Un espacio vacío, en donde no hay “nada”. Una superficie disponible para ser perforada. Pero ¿qué hay en el desierto? Hay ríos, lagos, embalses. Está el Lago Mari Menuco y los Barreales (Imagen 5). Están las chacras, los canales de riego, los animales, las viviendas. Está el Área Natural (des) Protegida Auca Mahuida. Están las comunidades mapuches. Está también la memoria de quienes habitaron y habitan esos territorios mucho antes de que fueran definidos como bloques de explotación.
La región donde actualmente se desarrolla buena parte de la explotación hidrocarburífera fue también escenario del genocidio denominado “Campaña del Desierto”, que durante el siglo XIX avanzó sobre amplios territorios de lo que hoy conocemos como Patagonia y el sur de la provincia de Buenos Aires, entonces habitados por distintos pueblos y naciones indígenas. Llamar “desierto” a esos territorios contribuyó a producirlos simbólicamente como espacios disponibles, imponiendo una racionalidad por sobre otras formas de ser, saber y habitar el territorio. Estas campañas militares se inscribieron en el proceso de consolidación del Estado argentino y pueden ser comprendidas como parte de una dinámica de colonización interna, es decir, la construcción de los Estados-nación también implicó la subordinación de pueblos y nacionalidad que habitaban ancestralmente los territorios sobre los que esos Estados buscaban consolidar su dominio (Quijano 2000: 228). No se trató solamente de ocupar esos espacios, sino de incorporarlos a una nueva organización política, económica y territorial.
Esta historia permite volver sobre una pregunta que excede aquel momento histórico: ¿Qué sucede cuando una determinada forma de ordenar el territorio se presenta como natural, mientras otras formas de habitarlo son desplazadas o subordinadas? Desde una perspectiva decolonial, la producción de territorios como espacios disponibles para la apropiación no constituye una dimensión secundaria del extractivismo, sino una de las condiciones que hacen posible su despliegue (Machado Araoz 2015). Esto no supone establecer una equivalencia entre la “Campaña del Desierto” y la explotación hidrocarburífera contemporánea. La cuestión es preguntarnos por las racionalidades que, aun transformándose, persisten en las formas de mirar, nombrar y ordenar el territorio, y por las relaciones de poder que permiten que determinadas formas de ser, saber y habitar sean subordinadas frente a una lógica que concibe ciertos territorios como disponibles para la apropiación.
Imagen 5. Lago Mari Menuco y los Barreales.
Ambos cuerpos de agua integran un sistema hídrico estratégico que abastece de agua potable a localidades neuquinas y sostiene el consumo y el riego de los valles productivos de los ríos Neuquén y Negro. En sus alrededores ya se visualizan plataformas de fracking y se prevé la expansión de estos pozos, lo que vuelve especialmente preocupante cualquier eventual contaminación de los embalses y sus efectos aguas abajo. Para más información, véase la campaña “Salvemos el Mari Menuco”.
Fuente: fotografía obtenida en trabajo de campo.
La pregunta, entonces, no es solamente qué transforma materialmente el extractivismo, sino qué debe ser invisibilizado para que esa transformación pueda presentarse como legítima. Este planteamiento sirve, a su vez, para discutir la racionalidad con la que aprendimos a mirar el territorio. Qué consideramos un recurso, qué entendemos por desarrollo y qué formas de vida y de conocimiento quedan desplazadas cuando una determinada manera de relacionarnos con la naturaleza se impone como legítima, necesaria o incluso inevitable. Pero, entonces, ¿qué es “eso” que llamamos territorio?
El territorio no es una superficie neutra ni un simple soporte físico. Es una construcción histórica, social y simbólica, atravesada por relaciones de poder (Porto Gonçalves 2002 y 2006; Haesbaert 2011). Estado, empresas, comunidades, asambleas y diversos actores sociales no solamente ocupan un mismo espacio, sino que lo nombran, lo producen y disputan sus sentidos de maneras diferentes. En ese sentido, territorio es también aquello que se define como recurso, como lugar de producción, como espacio de vida o como superficie disponible.
Cuando un megaproyecto llega al territorio
En Añelo, la expansión hidrocarburífera no se ve únicamente en los pozos. Se ve en la ciudad. En el crecimiento acelerado de ciertos sectores por sobre otros. En los alquileres. En los precios. En la expansión inmobiliaria. En los basurales. En una economía local atravesada por una actividad cuyos salarios y ritmos modifican los parámetros con los que se organiza la vida cotidiana. El megaproyecto también se proyecta sobre otros sistemas productivos. Por ejemplo, en el Alto Valle, en Río Negro, la actividad hidrocarburífera convive y se desplaza por sobre la producción frutícola, en una región cuyo desarrollo histórico ya estuvo atravesado por procesos de concentración, subordinación de pequeños productores y transformación de los usos del suelo. En el libro Semillas de futuro (Pérez Roig, Cortona y Álvarez, 2024), diverxs actores señalan precisamente cómo la expansión de otras actividades económicas y las transformaciones territoriales fueron erosionando las condiciones de reproducción de la pequeña y mediana producción frutícola.
Es decir, el territorio no cambia únicamente porque aparezca un pozo. Cambia porque alrededor del pozo se reorganizan el agua, los caminos, el suelo, los precios, el trabajo, la vivienda, la producción, las relaciones sociales y las expectativas sobre el futuro. Por eso hablar de Vaca Muerta como megaproyecto resulta más preciso que hablar simplemente de un yacimiento. La infraestructura que hace posible la extracción conecta territorios distantes. Arenas que llegan desde Entre Ríos (Imagen 6) y la meseta rionegrina, maquinaria e insumos provenientes de distintos lugares, hidrocarburos que luego circulan por gasoductos y oleoductos hacia otros puntos del país o hacia mercados de exportación. Lo que aparece como una actividad localizada es, en realidad, una red territorial mucho más extensa. Y cuanto más se extiende esa red, más difícil resulta identificar dónde empieza y dónde termina Vaca Muerta.
Imagen 6. Arenas silíceas en Añelo, Neuquén.
Fuente: fotografía obtenida en trabajo de campo.
¿Quién vive en una zona de sacrificio?
Hay territorios donde determinadas formas de degradación comienzan a presentarse como parte inevitable del desarrollo. El concepto-idea zona de sacrificio permite nombrar precisamente esa desigual distribución de impactos (Torner 2024; Bolados García y Jerez Henríquez 2019; Svampa y Viale 2014). No se trata simplemente de lugares que sufren “impactos” como una consecuencia accidental de una actividad económica. Son espacios donde determinadas vidas, cuerpos, ecosistemas y formas de producción y reproducción quedan subordinados a actividades consideradas prioritarias desde la hegemonía que prevalece en diversas gestiones de gobierno.
La pregunta entonces es incómoda: ¿Cuántos “costos” deben asumir quienes habitan los territorios para que otros territorios puedan beneficiarse de lo que allí se extrae? ¿Cómo se cuantifica la vida con los costos ambientales?
La expansión petrolera no comienza con el fracking. Existe una historia previa de extracción hidrocarburífera, despojo y desterritorialización. Pero el descubrimiento y puesta en marcha de la fractura hidráulica en Vaca Muerta profundiza la escala y la intensidad de esa ocupación. En Semillas de futuro, Lef Nawel, werkén de la Confederación Mapuche de Neuquén, advierte que la expansión del fracking profundizó procesos de contaminación, destrucción y avasallamiento de derechos que ya estaban presentes, afectando no solo a las comunidades, sino también las tramas de vida y las relaciones que sostienen esos territorios (Nawel 2024: 77). Esta afectación no termina en Neuquén. La Cuenca Neuquina, comprende el curso superior del Río Negro, extendiéndose hacia el Río Colorado en el norte y hacia el Río Limay en el sur.
En la provincia de Río Negro, la expansión hidrocarburífera se articula con nuevas obras de infraestructura, áreas de explotación y proyectos de exportación. Los límites provinciales pueden ordenar administrativamente el territorio, pero la contaminación no reconoce fronteras geográficas ni jurisdiccionales. Los ríos que atraviesan la región conectan territorios, arrastran sus impactos y confluyen aguas abajo. Lo que sucede en la zona de extracción, entonces, no queda necesariamente allí. Los cursos de agua continúan su recorrido hacia el río Negro y, finalmente, hacia el mar. Y es justamente en la costa rionegrina donde se proyecta otra parte del mismo entramado: el petróleo extraído será transportado hacia Punta Colorada a través del “Vaca Muerta Oil Sur” (VMOS), que contempla un oleoducto de casi 600 kilómetros de longitud y una terminal de exportación con capacidad proyectada de hasta 550.000 barriles diarios. Con el gas ocurre algo similar. En el Golfo San Matías, el consorcio de empresas Southern Energy proyecta instalar dos unidades flotantes de licuefacción, rebautizadas como Hilli Episeyo y MKII, para producir Gas Natural Licuado (GNL) destinado a la exportación. El proyecto contempla además la construcción de infraestructura para transportar el gas desde el sistema troncal y, posteriormente, mediante un gasoducto dedicado desde Tratayén, zona aledaña a Añelo, hasta Las Grutas, costa rionegrina.
Así, entre los pozos, los ríos, los gasoductos, los oleoductos y los buques, lo que aparece es una misma trama territorial. Vaca Muerta no termina donde termina el pozo. Se extiende allí donde llegan el agua, los residuos, las tuberías, las mercancías y finalmente los hidrocarburos que buscan salir al mundo. La superposición no es solamente geográfica. Un pozo puede estar cerca de una comunidad. Una infraestructura puede atravesar un espacio de uso comunitario. Un gasoducto puede pasar por debajo de barrios sin acceso a gas. Una explotación puede ubicarse a pocos kilómetros de un rewe. Pero la disputa no se reduce a la distancia física. Se enfrentan allí distintas formas de entender qué es ese espacio, qué significa ese territorio.
Imagen 7. Cartel de identificación de pozos en Loma La Lata (LLL) y sus respectivos números.
Fuente: fotografía obtenida en trabajo de campo.
La fractura también puede estar en nuestra mirada
Quizás por eso la palabra fractura resulta interesante más allá de su uso técnico. La roca madre se fractura para extraer aquello que contiene y que se transforma en energía. Pero ¿qué otras cosas se fracturan en el proceso e influyen en las formas de entender la energía? Se fractura un paisaje. Se fracturan las relaciones con el agua. Se fracturan formas de habitar. Se fracturan sistemas productivos. Se fractura la posibilidad de pensar el territorio como algo distinto de una superficie disponible para la inversión petrolera.
Y también puede aparecer una fractura en nuestra propia percepción. Vemos una cigüeña, pero no necesariamente vemos el pozo. Vemos una anaconda al costado de la ruta, pero no necesariamente vemos los millones de litros de agua que está transportando. Vemos un mechero, pero no necesariamente vemos la infraestructura energética y económica que hace posible esa llama. Vemos una ruta llena de camiones, pero no necesariamente vemos los territorios que están conectando.
Quizás ahí aparezca una forma de disonancia cognitiva territorial. Una distancia entre la escala material de los megaproyectos extractivos y nuestra capacidad cotidiana para percibirlos como un sistema. Sabemos que existe un pozo. Sabemos que existe una empresa. Sabemos que existe una infraestructura. Pero resulta mucho más difícil incorporar en una misma imagen el agua que se extrae de un río, la arena que llega desde las orillas de otra provincia, el residuo que queda después de la fractura, el gas que circula por un gasoducto, la fruta que depende del mismo sistema hídrico, la comunidad que habita el territorio, las ciudades que se transforman y la inversión que finalmente captura el valor producido, pero se fuga a paraísos fiscales.
La fragmentación de la mirada permite también fragmentar las responsabilidades.
¿Qué tan lejos está el territorio? ¿Cuán instalado está en nuestro sentido común mirar el territorio con los ojos del mercado?
Mirarlo como un activo financiero. Como una concesión a partir de catastros. Como una oportunidad de inversión. Como un reservorio de recursos. Como un lugar disponible para el “progreso y el desarrollo”. La expresión “Vaca Muerta” puede parecer una descripción neutral, pero también delimita una determinada manera de mirar el territorio. Y quizás sea necesario correrse por un momento de ese nombre para mirar la historia más larga del espacio sobre el que hoy se despliega el megaproyecto.
Entonces, ¿cómo mirar Vaca Muerta?
Quizás no alcance con preguntar cuánto petróleo hay.
Ni cuánto gas.
Ni cuánto dinero puede generar.
Ni cuántos puestos de trabajo.
Todas esas preguntas son importantes, pero corresponden a una dimensión de aquello que Vaca Muerta produce. El recorrido por el territorio permite abrir otra pregunta: ¿qué queda fuera de la cuenta cuando hacemos esas cuentas?
¿Qué agua queda comprometida? ¿Qué territorios quedan subordinados? ¿Qué formas de producción comienzan a volverse inviables? ¿Qué sucede con quienes ya habitaban esos espacios? ¿Qué ocurre con las tierras fértiles, con la producción frutícola del Alto Valle, con las actividades agrícolas y ganaderas, con el turismo y con otras formas de construir economías y proyectos de vida en la región? No se trata de oponer unas actividades a otras como si existiera una única manera correcta de habitar el territorio. Se trata de preguntarnos qué sucede cuando una actividad adquiere tal escala, intensidad y capacidad de ordenar el espacio que las demás formas de producción y de vida comienzan a ser pensadas desde su propia expansión.
Ahí aparece también una dimensión que suele quedar fuera de la imagen del desarrollo. Un territorio puede producir petróleo y, al mismo tiempo, producir alimentos, sostener ecosistemas, alojar comunidades, recibir turistas, guardar memorias y construir otras formas de economía. El problema no es solamente qué actividad genera más valor, sino qué mundo se vuelve posible —y cuál comienza a volverse imposible— cuando una de ellas pasa a organizar las demás.
La pregunta, entonces, no es solamente cuánto puede crecer Vaca Muerta, sino qué significa relanzar una economía hidrocarburífera en un contexto de crisis climática y de múltiples crisis que ya atraviesan nuestras formas de producir y habitar. Si el horizonte continúa siendo ampliar la frontera extractiva, aumentar las exportaciones y atraer inversiones de largo plazo, resulta necesario preguntarse qué relación estamos construyendo con los territorios de los que extraemos aquello que sostiene determinadas formas de vida. Y también si una transición energética puede reducirse a sustituir unas tecnologías por otras sin transformar las relaciones de poder que organizan la producción, la distribución y el acceso a la energía.
Porque el problema no es solamente qué hay debajo de la tierra.
Es también qué vemos encima y a través de ella.
Qué decidimos llamar desierto.
Qué decidimos llamar recurso.
Qué formas de producción reconocemos como desarrollo.
Qué territorios imaginamos disponibles.
Qué vidas consideramos sacrificables.
Qué otras formas de habitar dejamos de ver.
Quizás ahí se encuentre una de las fracturas más profundas. No solamente en la roca que se rompe para extraer hidrocarburos, sino en la mirada que permite que un territorio pueda ser convertido en reservorio, concesión, activo financiero o zona de expansión. La fragmentación de esa mirada también fragmenta las responsabilidades: permite ver un pozo sin ver el agua que consume; una carretera sin ver los territorios que atraviesa; un oleoducto sin ver aquello que conecta; un mechero sin ver las emisiones; una inversión sin ver las formas de vida que quedan subordinadas a ella.
Mirar Vaca Muerta de otra manera no supone negar la importancia de la energía, el trabajo o la economía, ni construir una imagen idealizada de un territorio sin conflictos. Supone, más bien, hacer visible aquello que una determinada forma de mirar tiende a dejar fuera. Reconocer que en un mismo territorio pueden coexistir distintas memorias, economías, saberes, proyectos y formas de vida, que no necesariamente son armónicos y que también pueden entrar en disputa. Y que ninguna de esas diferencias debería desaparecer simplemente porque una lógica haya logrado presentarse como inevitable.
Suely Rolnik (2019) propone pensar que el capitalismo contemporáneo no se apropia únicamente de la fuerza de trabajo o de los recursos, sino también de la potencia de creación de la vida: de nuestra capacidad individual y colectiva para producir nuevas formas de existencia. Desde ahí, la disputa por el territorio puede pensarse también como una disputa por recuperar esa potencia; por volver a imaginar aquello que el territorio puede ser cuando deja de ser mirado exclusivamente desde aquello que puede extraerse de él.
Quizás por eso la pregunta inicial vuelva al final con otro sentido. ¿Qué vemos cuando hablamos de Vaca Muerta? Desde la lejanía, vemos petróleo, gas, pozos, empresas, inversiones y exportaciones. Pero también podemos aprender a ver ríos, chacras, animales, comunidades, memorias, sistemas productivos, paisajes, conflictos y formas de vida que ya estaban allí. Entre esas formas de vida hay pueblos-naciones que no están simplemente “en” el territorio, sino que mantienen con él relaciones históricas, culturales, espirituales y políticas que anteceden a la expansión hidrocarburífera.
Esto también obliga a complejizar la idea de “otros futuros”. No se trata de construir una única alternativa al extractivismo ni de imaginar una comunidad homogénea que comparta necesariamente las mismas expectativas. Los territorios están hechos de diferencias, memorias, formas de vida e intereses que pueden convivir, encontrarse y también entrar en tensión. Pero reconocer esa heterogeneidad no significa poner todas esas posiciones en un mismo plano ya que existen historias de despojo y relaciones de poder que hacen que no todas las voces tengan la misma capacidad de decidir sobre el territorio. La pregunta, entonces, no es cómo borrar las diferencias para construir un futuro común, sino cómo hacer lugar a esa pluralidad sin que una única lógica termine imponiéndose sobre todas las demás.
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ANEXO
Para leer el paisaje de “vaca muerta”
FRACKING
Fractura hidráulica, técnica no convencional para fracturar la “roca madre” y liberar hidrocarburos, utiliza millones de litros de agua, arena y productos químicos a alta presión.
ANACONDAS
Grandes mangueras utilizadas para transportar agua hacia los pozos. Su nombre proviene de la propia industria y se ven serpenteando por la estepa.
CIGÜEÑAS/GUANACOS
Estructuras de bombeo asociadas a los pozos petroleros. Técnicamente, son Artefactos Independientes de Bombeo (AIB), cuya función es precisamente bombear, generar presión dentro de un pozo que la ha perdido, para que el petróleo y el gas puedan llegar a la superficie. En el paisaje se pueden visualizar varias de ellas, y por momentos trabajan en grupo.
MECHEROS / PLUMAS DE VENTEO
Infraestructura visible en los yacimientos asociada al venteo y quema de gas. El propio Atlas registra, por ejemplo, un mechero o pluma de venteo en el área Loma La Lata.
TORRES DE PERFORACIÓN
Son las torres en donde se realiza la fractura hidráulica propiamente. También se los denomina en la industria como rig, perforador o taladro.
REWE/REHUE (Mapuzungun)
Espacio de profunda significación espiritual, cultural y comunitaria para el pueblo mapuche. A kilómetros de Añelo, en Los pilares, Tratayén, se realizaba el Wiñoy Xipantu, celebración del regreso del sol y de la vida. Sin embargo, la expansión de la actividad hidrocarburífera y los conflictos judiciales hicieron que en los últimos años la celebración tuviera que cambiar de lugar. El wiñoy xipantv es un mensaje político y filosófico, se realiza en junio, donde los pueblos, las comunidades, las personas recobran fuerzas (newen) y reinician el ciclo de la vida, al igual que lo hace la mapu, la tierra. En las cosmovisiones andinas, se lo reconoce como “Inti Raymi”.
WERKEN (Mapuzungun)
Vocero o mensajero de una determinada comunidad.
MEGAPROYECTO
Vaca Muerta no refiere únicamente a la formación geológica. Es una red de extracción, infraestructura, transporte, insumos, residuos y circulación de hidrocarburos que excede ampliamente la zona de los pozos. También, refiere al entramado de empresas que operan allí.
- Licenciada en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM, Argentina) y maestranda en Ecología Política y Alternativas al Desarrollo por la Universidad Andina Simón Bolívar (UASB, sede Ecuador). Su trabajo articula el análisis de los regímenes de promoción de inversiones extranjeras y del arbitraje internacional inversor-Estado con sus implicancias sobre los derechos humanos y ambientales en América Latina. Es integrante del Grupo de Trabajo CLACSO “Lex Mercatoria, poder corporativo y derechos humanos” y del Observatorio del RIGI, donde colabora en el monitoreo de los proyectos que ingresan al régimen y de los conflictos que se expresan en los territorios. Sus intereses de investigación incluyen disputas territoriales, construcción de sentidos sobre los territorios y las alternativas a las lógicas extractivas y de valorización del capital. Desde este cruce entre ecología y economía política indaga cómo los megaproyectos extractivos transforman no solo materialmente los territorios, sino también las formas de nombrarlos, percibirlos e imaginarlos. ↩︎







